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ECLIPSE EN ISLA DE PASCUA, JULIO DE 2010

Al amanecer del domingo 11 de julio de 2010 aterricé en Hanga Roa. La intensa lluvia de los días anteriores había amainado y ya se veían algunos claros en el cielo.

Me junté con mi amigo Pablo Sepúlveda, de Pared Sur Expediciones, quien ya llevaba varios días a la espera del fenómeno. Como ambos habíamos estado varias veces en la isla, teníamos claro que el Ahu Tongariki sería la locación elegida.

El ambiente era de fiesta. Cientos de turistas, viajeros, científicos y fotógrafos de todo el mundo, buscaban el lugar óptimo y exhibían una impresionante variedad de equipos tecnológicos.

Pasado el mediodía, llegamos a la explanada de Tongariki. Estuvimos poco más de una hora esperando, hasta que poco a poco, la luz se fue apagando como si fuese el atardecer. Pero no un atardecer como cualquier otro, pues la luz no tenía la calidez propia del final del día.

De pronto, una oscuridad casi total se apoderó de la isla. En medio de esta inusual “noche a mediodía”, todos gritaban de emoción, mientras yo intentaba captar con mi cámara análoga este momento único e irrepetible que duraría escasos minutos.

Con impotencia, veía como el reloj avanzaba a pasos agigantados. En vano, intentaba detener el tiempo. Sin dar tregua, la luz llegó nuevamente y la isla de Pascua volvió a la normalidad. La de un día cualquiera a las dos de la tarde.

Pablo Valenzuela Vaillant

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LAGO CONGUILLÍO CONGELADO, SEPTIEMBRE DE 1995

Desde que conocí el Parque Nacional Conguillío, el verano de 1984, siempre soñé con ver el lago congelado. Imaginaba un paisaje en blanco y negro, colmado de bosques nevados, y un lago sumergido bajo una gruesa capa de hielo. Pasaron algunos años y un par de excursiones con unas raquetas de nieve casi artesanales, hasta que en 1991 pudimos al fin acampar sobre la nieve, con una vista inigualable del lago. Como telón de fondo se levantaba imponente la Sierra Nevada, de filos sinuosos delineados por araucarias solitarias. En septiembre de 1995 regresamos nuevamente al Conguillío, esta vez caminando desde la laguna Verde, en la entrada sur. Tras permanecer un par de días capeando una nevazón en nuestras carpas en Playa Linda, emprendimos el ascenso hacia la Sierra Nevada, por un sendero que se abría paso entre coihues, raulíes, lengas y araucarias. La vista desde la altura nos regaló un lago maravilloso, cuyas bahías lucían cubiertas por casquetes de hielo. Un paisaje sobrecogedor, casi en blanco y negro, como aquel que había soñado años atrás, en mis inicios como fotógrafo.

Pablo Valenzuela Vaillant

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ACHIBUENO, UN SANTUARIO PARA LINARES, 2009

Tímidamente, se abre un espacio entre la densa niebla que cubre montañas y valles en las alturas del Maule. Casi en blanco y negro, se asoma un filo rocoso que dibuja un paisaje imaginario. Es la luz entre nieblas en su máxima expresión. Amanece en Achibueno. Tras las nubes, se escucha la caída de un río que pareciera nacer allá arriba, en la laguna Añintunes. Un poco más lejano, el Achibueno se descuelga entre los roqueríos que limitan el valle por el oriente. Estamos al pie de las Lástimas, un anfiteatro rocoso cuyo nombre nos advierte del esfuerzo que nos espera durante la jornada. Pocos saben de este río y menos aún imaginan que en la cordillera de Linares se esconde un lugar mágico. De aguas cristalinas y profundos pozones, serpentea entre las escarpadas y boscosas montañas andinas. Un valle fascinante para caminar y conocer la vida de los arrieros que al terminar el año se internan en busca de mejores pastos en las veranadas. Un paisaje notable no solo por su belleza, sino también por su valor ecológico y su extraordinaria biodiversidad. Un lugar que merece, sin lugar a dudas, ser declarado Santuario de la Naturaleza.

Pablo Valenzuela Vaillant